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En nombre propio

José Luis Melero

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Me escribe Manuel Vilas y me cuenta que, como ahora se pasa la vida viajando, cuando le dice a la gente que es aragonés le miran siempre «con respeto y admiración». Y es que me asegura, «en esta España actual sólo se puede ser aragonés». Y tiene razón: ser aragonés es llevar estampado en la frente el sello de calidad. Hoyo tras el abandono y la deserción del ‘seny’ por parte de muchos catalanes embriagados de patriotismo, todos miran hacia Aragón porque saben que aún quedamos nosotros.

Los aragoneses tenemos conciencia clara de lo que somos: un gran país con muchos siglos de historia que mantiene muy vivo el recuerdo de sus tradiciones y de sus leyes (esos fueros que hoy perviven actualizados en el derecho Foral que utilizamos en los despachos todos los días). Y porque la tenemos, nunca han faltado aquí importantes opciones políticas aragonesistas articuladas a derecha y a izquierda, como solo las han tenido catalanes y vascos.

Pero, a diferencia de éstos, en Aragón siempre hemos sabido gracias a nuestro sentido común extraordinario, que defender lo propio con entusiasmo no quiere decir que tengamos que romper con nadie, como otros pretenden. Muy al contrario, aquí queremos vivir en armonía con todos sin dejar por ello de ser lo que somos. Por eso nunca arraigó en Aragón el independentismo. Para muchos, ser aragoneses es lo primero; pero sentirnos hermanados con el resto de españoles, lo primero también.

De ahí que Vilas acierte: la última aldea gala de la sensatez y el buen juicio está en Aragón.

Sólo se puede ser aragonés.