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Batalla a la inconcreta crisis

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Aquí andamos con la batalla de imprecisos ejércitos que componen el déficit, la deuda pública y la inconcreta crisis, porque todos hablamos de estos temas y no somos capaces de centrarlos en algún punto o lugar en el que seamos capaces de llegar a un mínimo acuerdo para dar una solución consensuada; imaginemos que hay una epidemia de cualquier enfermedad, los médicos se reúnen y cada uno aporta una solución, dispar la una de la otra, si todos se encierran en la suya: la epidemia campará a sus anchas.

Creo que primero estaría bien determinar la verdadera definición del déficit público y el papel que le corresponde representar. Partamos de la posición, que el déficit se origina por tres posibles causas: porque los ingresos para asumir el presupuesto de gastos no está bien medido; porque los servicios ofrecidos a los ciudadanos deben revisarse, pues quizás alguno de ellos no forme parte de la demanda ciudadana y por último porque quien gestiona el equilibrio entre ingresos y gastos lo hace mal, sin paliativos. Por tanto, primero de todo hagamos un análisis que nos permita llegar a una conclusión del origen del déficit público, porque si la consideración final es que todo es correcto, será necesario examinar el modelo de sociedad para que podamos encontrar el que se ajusta a la conveniencia de nuestras vidas.

Este déficit público nos conduce a la formación de la deuda pública, que en definitiva es la fórmula que el Estado tiene para financiar aquellas actividades que el sector público no puede hacer mediante impuestos, porque para los países de la Unión Europea, la creación de dinero ya no es competencia de ellos. Por tanto, esta financiación debe encontrarse en los mercados, sean internos o externos, y es fácil comprender que hacerlo a través de los primeros ofrece mejor manera de responder a esta deuda, ya que no hipoteca al país con otros países o inversores privados. Otra cuestión importante radica en el plazo de duración de la deuda, o sea su vencimiento, si es a corto, medio o largo plazo, determinándose por dos líneas: por la capacidad que se tiene para poder devolver la deuda o por el interés de los mercados en su compra. Para todo esto existe un modelo, ya poco utilizado, que es el de la deuda perpetúa: el tomador de esta recibe intereses pactados en la emisión de la misma de manera permanente, porque no existe vencimiento para esta y con relación al PIB determinará la capacidad de respuesta del país.

España está en un nivel de deuda pública cercana al 100 % del PIB y su problema es que está financiada en su mayoría externamente, lo que nos produce una dependencia de terceros poco aconsejable. Un buen ejemplo es Japón, de los países del mundo es el que mayor deuda tiene en relación a su PIB, más del 230 % y sin embargo casi toda ella está financiada internamente, es decir son los propios japoneses quienes soportan la deuda, lo que les permite una gran credibilidad económica en los mercados exteriores.

Y ya no nos queda que determinar lo que al inicio del artículo he denominado la inconcreta crisis y la he querido definir así, pues es crisis o no dependiendo de quién lo manifieste, le interese para sus fines o lo contrario y es que, de acuerdo con las previsiones económicas de la Unión Europea para España, ni siquiera se puede decir que estemos en recesión económica, pues aunque el PIB prevé una caída para el 2020 y 2021, mantiene una cierta sostenibilidad que siempre está por encima de 1,3 %, con una previsión de bajada del desempleo, no muy elevada pero permanente. Pero lo importante es qué medidas se pueden ir generando y gestionando para que esta inconcreta crisis no sea otra cosa que una ficción que solo les vale a algunos para su discurso y posición en los mercados. La economía circular e inclusiva generada a través de una potenciación de la política industrial fundamentada en la potenciación de energías renovables que nos disminuyan la dependencia del petróleo y abaraten sus costes, el desarrollo e implantación tecnológico a través de la inteligencia artificial y un apoyo real a la innovación de las empresas para la mejora de su productividad y mayor capacidad competitiva en los mercados globales, todo ello nos permitirá sin duda alcanzar unos niveles económicos que nos alejen no solo de la crisis, también de la recesión. Alemania, que estaba rozando esta última situación, ya se puede decir que ha salido de ella.

Pero no es suficiente todo esto, hay que potenciar el crecimiento y a esto también deberían contribuir las políticas euro pero en especial las financieras. Pasar del debate a la acción en la creación del discutido Fondo de Garantía de Depósitos Comunitarios es la puerta que permitirá también avanzar en la Unión Bancaria y cómo no, la posibilidad de que se defina una fórmula de política fiscal común para todos los países miembros. En más ocasiones he manifestado que crear una institución de tanto calado como la Unión Europea debe, sin duda, como primer paso que creamos en ella y dejemos de ser tan cortos en nuestra forma de entender la vida, que no salgamos de necesitar fronteras, ampliarlas políticamente es el secreto que nos permitirá continuar avanzando en nuestro progreso.

En definitiva, es necesario que entendamos que los retos ya son otros, que es necesario ver el mundo de forma más global y que solos, uno a uno, no tenemos destino ni futuro.